Recuerdo no gustarme en mi cuerpo desde siempre. 

Tengo grabadas en la mente algunas situaciones que viví durante la adolescencia y me hicieron crecer sintiéndome mal conmigo misma físicamente, creyendo que tenía que cambiar mi cuerpo con dieta y ejercicio.

Jamás se me olvidará cuando alguien me dijo que podía ir “rodando” al colegio o cuando me dieron el papel de madre en el teatro porque era la más “grande” consolándome con que era muy “guapa de cara”. Bueno, y las que me quedaron bien grabada: ya a los 15 años el peluquero me sugirió un corte que me “estilizara”, sin haberle pedido opinión… y tras adelgazar por unas anginas muy peleonas todos me decían con cara de alegría que guapa estaba, así, más delgada.

Hasta entonces yo no me veía mal, vivía cómoda en mi cuerpo, fueron esas experiencias las que me llevaron a odiar mi cuerpo grande. Más tarde, aprendí que eran expresiones de gordofobia. Ya sabes, una forma de discriminación basada en prejuicios respecto a los hábitos y la salud de las personas gordas que presuponen falta de fuerza de voluntad para adelgazar.

He entendido que las experiencias del pasado me enseñaron a sentirme mal en mi cuerpo, pero la forma en cómo lo trato hoy lo cambia todo y será lo que defina cómo me sentiré en él mañana. 

Me di cuenta de que yo vivía feliz la mayor parte del tiempo, excepto los momentos en los que me miraba, más bien estudiaba, en el espejo o cuando me enfundaba en el vaquero, y, por supuesto, cuando recibía alguno de esos comentarios gordofóbicos. Pero cuando peor lo pasaba era cuando me comparaba con otras chicas, eso hizo que ni me pusiera el bañador en todo un verano. 

A los 17 hice mi primera dieta para sentirme mejor conmigo misma y perdí los 7 kilos que me propuse. Pero no me sentía mejor en realidad, no era la sensación con la que yo había fantaseado. Pasaba hambre, estaba exhausta y me sentía desgraciada. Así que al poco tiempo había ganado 8 y volví a perder, esta vez, 6 y ganar 9…en tan solo 3 años. No me quitaba la comida de la cabeza, sentía que la comida me dominaba y era incapaz de comer simplemente bien, no digamos hacer dieta. Claramente, no había escogido el camino correcto para aprender a querer a mi cuerpo.

Al terminar la universidad, decidí irme de au pair a Irlanda para mejorar mi inglés. Con tan mala suerte que me tocó una familia en el campo, aunque quizás aquello no fue tan mala suerte… Te cuento. 

Llevé en mi equipaje el complejo y mis propios insultos hacia mi cuerpo y también muchas ganas de cambiar de aires. Allí estábamos los animales, la familia, los trabajadores de la granja y yo. De vez en cuando, nos visitaba algún familiar, proveedores o el cartero. Vivía en chándal como todos, no había casi espejos, no había internet, ni manera de hacer dieta. Era la única morena del lugar, eso les parecía atractivo. A todos les parecía interesante, buscaban mi compañía, querían que les enseñara algo de español o les cocinara tortilla de patata. Sentía que me valoraban por quien era y lo que les aportaba. Fueron pasando los meses, comía lo mismo que todos sin pasar hambre, ayudaba en labores del campo durante mi tiempo libre por un dinerillo extra y, poco a poco, dejé de sentirme mal en mi cuerpo

Me encantaba acompañarles los sábados a la compra en la ciudad más cercana, pero cuando lo hacía volvía a mirar mi reflejo en los cristales de escaparates, veía carteles publicitarios con chicas delgadísimas… De repente, volvía el “odio a mi cuerpo”. Y así semana tras semana.

Sin mucho que hacer en la granja, tuve tiempo para reflexionar sobre lo que me pasaba: mi cuerpo nunca había estado “mal”, eran los pensamientos sobre mi cuerpo lo que me hacía sentir mal en él. 

En Irlanda aprendí a que el hecho de que mi cuerpo no cumpliera con los cánones de belleza en la delgadez no me amargara la vida. Me ayudó el valorar lo bueno que me había dado en la vida y agradecer lo que me aporta día a día. Desde entonces intento protegerlo de los cánones de belleza y lo aprecio, aunque no los cumpla.

Si de un día para otro mi cuerpo pasaba de gustarme a no hacerlo, y es imposible que un cuerpo cambie tanto en 24 horas, no era mi cuerpo lo que debía cambiar, si no la perspectiva desde la que yo lo miraba. Me esperaba un trabajo importante por delante, el de aprender a respetarlo tal cual es, a pesar de la presión de los estereotipos estéticos

A mi vuelta a España, prometí a mi cuerpo que jamás volvería a hacerle pasar hambre, alimentarle mal. Nunca más le impediría bailar o nadar, lo que tanto disfruta, por vergüenza o vestirlo incómodo, compararlo, buscarle defectos o hablarle despectivamente. Lucharía para sentirme tan feliz y querida por quién -no como- soy, Por sentirme conectada conmigo misma, y con otras personas, como en la granja. 

Luché y, lo sigo haciendo a diario, contra los “fantasmas” del pasado. Cuando me tientan las promesas de felicidad y éxito tras una nueva dieta, uso el truco de hablarme en inglés. Me ayuda a echarme piropos, me devuelve esa confianza en mi cuerpo que sentía en Irlanda. 

Eso sí, hay palabras que no tienen traducción y que uso a diario: “bocata” del almuerzo, “paella” de mi madre, churros con chocolate de las tardes de invierno, aceite de Jaén en la ensalada, croquetas de mi carnicero, ensaimada de mi abuela, helado de La Jijonenca de las tardes de playa…. Y es que también me prometí nunca sentirme mal por disfrutar de la comida con mi gente en mi tierra, ni cambiar los hábitos de vida que me dan VIDA. Otras palabras como verduras, frutas, legumbres, frutos secos… también las digo en español y las digo con más frecuencia que cuando intentaba “cuidarme” en vano. Porque, desde que aprecio a mi cuerpo, como mejor que nunca.

“Casi” cada día intento estar atenta a cómo las palabras que dirijo a mi cuerpo influyen en cómo lo cuido, si lo alimento y muevo para que esté saludable y también influyen en cómo me siento en él.  Ya no le insulto y le a hablo como lo haría a una persona a la que quiero.

He entendido que las experiencias del pasado me enseñaron a sentirme mal en mi cuerpo, pero la forma en cómo lo trato hoy lo cambia todo y será lo que defina cómo me sentiré en él mañana. 

Lo que se publica en este blog tiene fines meramente informativos o educativos, en ningún caso sustituye el consejo individualizado de un nutricionista o médico.

María Sanabdón, Dietista-Nutricionista. Especialista Trastornos de la Conducta Alimentaria. 

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